Algunas consideraciones sobre Irán

Bilha Calderón

Lado B

Contando miles de muertos tras las recientes protestas, Irán ha comenzado el 2026 sacudido por una ola de movilizaciones que ponen en jaque la estabilidad y el porvenir de la República Islámica. 

Las manifestaciones, que inicialmente surgieron como protestas contra la dramática caída del valor de la moneda y el aumento del costo de vida, se han expandido en cuestión de semanas a todas las provincias del país, alcanzando más de 180 ciudades y localidades y trascendiendo divisiones sociales, étnicas y regionales.

Medios regionales e internacionales han informado desde noviembre que estas protestas comenzaron como huelgas y manifestaciones de comerciantes y que, a finales de diciembre, parecían relativamente acotadas. Sin embargo, este sector terminó sirviendo como un detonante clave al que progresivamente se han sumado grupos sociales cada vez más amplios, articulando demandas diversas que el régimen no ha sido capaz de responder, sencillamente, porque carece de la capacidad política, estructural, con una la economía, encapsulada por las sanciones internacionales, y bajo la amenaza de guerra

Para comprender desde América Latina un poco del problema que acaece al país persa, podemos mirar con más detalle algunos puntos que explican, en parte, la actual situación. Estas consideraciones pueden incorporarse al análisis para evitar que el debate público sobre Irán se reduzca a narrativas simplistas o elucubraciones geopolíticas. Pues, si bien lo que observamos hoy es el resultado de décadas de sanciones, guerras, revoluciones y protestas, también es cierto que presenciamos una expresión de la resiliencia del pueblo iraní y de la fortaleza de una sociedad con una larga historia de resistencia. 

Desde las movilizaciones masivas de 2009, los iraníes han vuelto reiteradamente a las calles, como lo vimos en 2017, 2018, 2019 y 2022, haciendo públicas sus exigencias y, en cada ocasión, la respuesta del poder ha sido la represión, no la reforma, evidenciando una negativa sistemática a ceder y una apuesta por la coerción y el dogmatismo ideológico de un régimen debilitado, que ya no logra sostenerse sin recurrir a la violencia.

El punto de partida es el económico. Desde hace años, la economía iraní se encuentra prácticamente paralizada, a causa de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos, principalmente; una situación que ha golpeado con especial dureza a la juventud. Los jóvenes iraníes enfrentan hoy día un panorama marcado por la falta de oportunidades laborales, subempleo, salarios insuficientes, y una presión fiscal percibida como excesiva e inequitativa;  todo, bajo un sistema de control social opresivo sostenido durante décadas. 

Por ello, a diferencia de crisis anteriores, como las protestas más recientes tras la muerte de Mahsa Amini, en las que las consignas abiertamente contrarias al régimen fueron contenidas mediante represión sin reformas estructurales, esta vez los manifestantes ya no exigen soluciones dentro del sistema, lo rechazan de plano. Esta vez los manifestantes cuestionan directamente la autoridad del líder supremo, Alí Jamenei, y la legitimidad del orden político en su conjunto. 

Este quiebre explica la intensidad de los disturbios y la escalada de violencia que preocupa tanto a las autoridades persas.

Frente al descontento social, la reacción del Estado refleja la magnitud del desafío. El régimen ha recurrido a un apagón casi total de internet y de las comunicaciones para impedir la coordinación entre manifestantes y la difusión de imágenes de la represión, además de desplegar masivamente a las fuerzas de seguridad. Esta respuesta no es novedosa, sino que es el resultado de décadas de represión sistemática que han erosionado a la sociedad civil, acompañadas por el encarcelamiento y el acoso constante a activistas, muchos de los cuales permanecen detenidos en la prisión de Evin. Fuentes internacionales informan que de acuerdo con la organización no gubernamental Iran Human Rights (IHR) al menos 3.428 personas han muerto a manos de las fuerzas de seguridad iraníes en el marco de la represión de las protestas.Además, organizaciones de derechos humanos estiman que más de 10.000 manifestantes han sido arrestados sumado a los miles de detenidos, heridos o desaparecidos dentro del opaco sistema carcelario iraní. Aún así, los manifestantes han demostrado una notable determinación, intentando sostener la movilización pese a las denuncias de masacres, el uso de munición real, las detenciones masivas y la intimidación constante.

Una de las consecuencias de la escasez de información proveniente de Irán es el vacío informativo que se ha generado tanto al interior del país como hacia el exterior. En este contexto, resulta fundamental observar cómo las severas limitaciones para acceder a datos verificables están abriendo espacio a la construcción y circulación de narrativas impulsadas por agendas propias, muchas veces desconectadas de la realidad social iraní.

Una de las características centrales de las protestas masivas ha sido que, al emerger principalmente desde la clase media urbana, comerciantes, jóvenes y sectores profesionales, y carecer de un liderazgo claro o una estructura definida, han resultado particularmente difíciles de desarticular, cooptar o negociar. Hasta el momento no existe una figura o instancia única con la cual el poder pueda dialogar o a la que pueda responsabilizar, lo que incrementa la incertidumbre del régimen frente al movimiento.

Mientras tanto, las movilizaciones han activado a sectores de la oposición en el exilio que, pese al rechazo compartido hacia el clero gobernante, persisten, y evidencian las profundas divisiones internas que se remontan a antes de la Revolución Islámica de 1979. Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica es la promoción externa de figuras como Reza Pahlavi, hijo del último shah de Irán, en una clara deriva monarquista, presentándolo como un “opositor legítimo” o un potencial líder capaz de representar o hablar en nombre del pueblo iraní. Esta narrativa suele omitir la represión sistemática y los abusos de poder que caracterizaron el período autoritario de su padre, cuyo régimen estuvo estrechamente alineado y respaldado por Estados Unidos. No resulta sorprendente, entonces, que dentro de Irán su figura sea percibida de manera muy distinta a la que se presenta en medios, como un actor reiteradamente alineado con los intereses de Estados Unidos e Israel, incluso en contextos en los que la población iraní ha sufrido directamente agresiones externas, como ocurrió durante la reciente guerra de doce días con Israel.

Por todo ello, resulta indispensable abordar con cautela la información disponible sobre Irán en este escenario, reconociendo tanto las limitaciones estructurales para verificar los hechos, así como las disputas políticas y simbólicas que atraviesan su interpretación.

En perspectiva, no puede ignorarse que Irán, al igual que muchos países de América Latina, ha padecido durante décadas una profunda injerencia estadounidense. Existe una larga historia de interferencias y prácticas neocoloniales que han causado un daño estructural significativo al país persa. A pesar de ello, Irán fue durante siglos un imperio poderoso y conserva una fuerte conciencia cultural de autonomía y autodeterminación. 

Esta autopercepción, similar a la de sociedades como la rusa o la china, también marcadas por un pasado imperial, moldea formas particulares de resistencia y afirmación identitaria que desde Occidente debemos considerar. Cuando se observan protestas contra regímenes autoritarios, en este y otros contextos, no puede suponerse que sus protagonistas aspiren a reproducir los modelos políticos, sociales o culturales occidentales. Dicho de forma muy simple: cuando vemos protestas de liberación de un régimen, no significa que en dichos lugares la gente quiera ser como lo somos en Occidente. 

Los iraníes quieren un cambio, sí, quieren una vida digna, quieren una vida que se pueda alinear con sus valores y costumbres. No necesariamente quieren ser como nosotros, como estadounidenses, como europeos, ni latinos, ni como nadie que no sean ellos: como Iraníes. 

Dicho esto, Irán posee además una extensa tradición de lucha social. La imagen que suele llegar a Occidente, mediada por la propaganda y los medios dominantes, retrata al país persa como retrógrada, definido a veces por estereotipos como el uso obligatorio del hijab o la supuesta falta de modernidad. Rara vez se menciona que muchas de estas políticas se consolidaron a partir de estructuras impuestas o reforzadas por potencias extranjeras como Estados Unidos, Francia o el Reino Unido. Antes de estos procesos, especialmente a mediados del siglo XX, Irán contaba con una vida cultural y social significativamente más progresista. Incluso después de décadas de injerencia externa y profundos cambios políticos, el país ha mantenido una base social altamente educada, particularmente entre las mujeres, que en determinados momentos históricos llegaron a ser, incluso, mayoría en universidades y carreras de alto prestigio.

Hoy, esas mismas mujeres enfrentan severas restricciones a su movilidad y a sus derechos, pero son también quienes encabezan muchas de las luchas sociales contemporáneas: feminismo, derechos humanos y defensa de las minorías. Su rol es central en los procesos de resistencia, y transformación, histórica y actual, aunque estas luchas no necesariamente se inscriben en los marcos ni en las categorías del feminismo occidental, sino que responden a contextos, experiencias y tradiciones propias.

Esto conduce inevitablemente al tema de las minorías en Irán, un aspecto clave que no se puede omitir en la comprensión de cualquier proceso que afecta al país. Irán es un país multiétnico y multilingüe, donde persas, kurdos, azeríes, árabes (ahwazíes), baluchis, turcomanos y otros grupos conviven en un mismo Estado, pero con desigualdades estructurales severas en derechos lingüísticos, culturales, políticos y socioeconómicos. Estas comunidades minoritarias han impulsado por décadas debates profundos sobre identidad, sobre lo indígena, sobre  los derechos lingüísticos y la preservación de tradiciones propias, tanto a nivel local como global. Por ello  la causa kurda constituye un ejemplo emblemático que, con casi un siglo de historia, continúa siendo un eje central de conflicto, resistencia y reivindicación en Irán.

El panorama escueto que presentamos es apenas un atisbo de los elementos necesarios para considerar al escuchar las múltiples noticias que surgirán en las siguientes semanas respecto a Irán y sus repercusiones regionales e internacionales. Por si fuera poco, a ello se suma la incansable interferencia internacional y los intereses encabezados por el presidente estadounidense Donald Trump, quien ha insinuado la posibilidad de una acción militar en apoyo a los manifestantes. Frente a este escenario, Teherán ha advertido que cualquier ofensiva por parte de Estados Unidos podría desencadenar represalias no solo contra intereses estadounidenses en la región, sino también contra Israel, elevando así el riesgo de una escalada de consecuencias imprevisibles.

Sin duda, una intervención militar al país persa tendría efectos desastrosos para la población, dando al régimen un pretexto para intensificar la represión interna y, por otro lado, debilitaría a Irán mediante un mayor aislamiento económico y el deterioro adicional de un Estado ya frágil y sin liderazgos. Difícilmente esto produciría un cambio inmediato que diera alivio a la situación actual, pero sí profundizaría las tensiones internas y haría aún más compleja la gobernabilidad.

Foto: Mohsen Ataei | farsnews.ir Tomada de WikimediaCommons, licencia CC4.0

Publicado en LadoB
Link original: https://www.ladobe.com.mx/2026/01/algunas-consideraciones-sobre-iran/

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