Conversatorio de las pláticas que son y fueron

HOMENAJE AL DR. EFRAÍN CASTRO MORALES. 13 DE MAYO 2025

El 13 de Mayo de 2025 algunos amigos de hace varias vidas nos reunimos en el Museo de la Casa del Alfeñique, Puebla, para celebrar y conmemorar las aportaciones del Dr. Efraín Castro Morales, historiador y cronista de nuestra ciudad, a la historiografía, a la academia, a la defensa del patrimonio de nuestro Estado y nuestro país, tanto  como funcionario público así como investigador.

En el encuentro, presenciado por algunos valientes que cruzaron la lluvia repentina, la Dra Lidia Gómez (profesora historiadora de la BUAP) y el Mtro. Ociel Mora, así como Mtro Gustavo Mauleón expusieron ampliamente la trayectoria del Dr. Castro y la importancia de se trabajo en la historia local y nacional, haciendo énfasis en la particularidad del momento en que el Doctor comenzó su carrera, primero de medicina y después en historia, las políticas y observaciones que impulsó para la preservación del patrimonio histórico y su enorme labor de difusión de la historia, la crónica y la cultura de nuestro estado y país. 

A esas excelentes ponencias se sumó la mía, infinitamente menos erudita, pero que deseo sea del interés de quienes llegan a este lugar y se preguntan qué es lo que hacemos los poblanos con tanta riqueza histórica y quines son los que la han escrito. 

Con ustedes. 

Se preguntarán qué hace aquí una señora sin acreditaciones en la historia de Puebla o su vida académica. Para aclararlo y si me permiten, haré lo que yo sé hacer mejor y les contaré cómo es que esta periodista llegó a esta mesa.

Cuando yo era joven, y eso fue hace mucho, tuve la oportunidad de consultar el archivo de la catedral de Puebla. Yo era estudiante de licenciatura en Humanidades y mi primer trabajo fue de chícharo, como se nos decía entonces a los asistentes de investigación, para un proyecto de digitalización de información histórica. Y fue durante esta experiencia que tuve el honor de conocer pero, más importante, compartir una mesa de trabajo con el Doctor Castro Morales.

Yo, cual chícharo sin experiencia, pensaba estar haciendo algo verdaderamente especial. Me sentía la protagonista de una novela de Matilde Asensi, descubriendo los misterios del cabildo y el coro en los documentos que era mi misión examinar uno a uno. 

Cada sábado, mientras los fieles y turistas entraban silenciosos a la Catedral de Puebla, observando quizás por primera vez la belleza que contiene el enorme recinto, sus gigantes pilares, ajustando la vista a la oscuridad y poco después a la luz que entra por los vitrales, mostrando los detalles de las pinturas, los recovecos de la madera en el órgano, aquellos objetos y telas de las capillas que tras los barrotes dorados permanecen inmóviles, las bancas alineadas y el bello silencio que apaga el rumor del centro de la ciudad, para mí el camino era a un flanco, caminando de prisa, tratando de no estorbar y semi escondiendo el café que llevaba en mano para el padre responsable del archivo, a quien yo le tenía un cariño particular.

Al fondo de la catedral se entraba con discreción a la sacristía. En día de mucha actividad se podía encontrar ahí a personas, sacerdotes y a veces monjas, arreglando la vestimenta religiosa, cada objeto cargado de simbolismo, cada tela colocada en su lugar preciso. Ahí también se caminaba con discreción hasta entrar a la sala de Cabildo donde decenas de enormes retratos de cada obispo de Puebla observan el quehacer de los ministros cuyas sillas rojas rodean la sala.

A mano izquierda de este salón se entraba al archivo histórico de la catedral de Puebla, que por ese entonces (los dosmiles) permitió la consulta de sus documentos antiguos, actas de Cabildo y libros de coro, entre muchos otros. Al pasar del gran salón al diminuto archivo, lo primero que se escuchaba era el clac clac clac de un teclado, y entrando por la estrecha puerta se podía ver al Dr. Castro a la cabeza de la mesa con su computadora negra, audífonos, y algún libro del siglo XVI, el cual leía como periódico pasando las páginas y haciendo notas, tecleando furiosamente sin perder el ritmo ni el renglón sobre el documento. El resto de la mesa estaba ocupada por otros investigadores, todos muy buenos e importantes y, cuando había espacio, quedaba yo y algún otro estudiantes en el fondo haciendo pininos con las incipientes habilidades en paleografía. 

Serio, enfocado y riguroso, el Dr. Castro era la primera persona en llegar y el último en irse- a ese y cualquier otro archivo a donde se pudiera consultar-. Al principio yo temblaba si me llegaba a dirigir la palabra para preguntar por mi trabajo pues, naturalmente, uno no quiere verse como una boba simplona frente a un gigante. Con el tiempo comencé a ver en su interés una puerta para enseñar, para aprender. Y entonces comenzaba la lección, generalmente sobre la ciudad, qué cosa estaba donde, la festividad de quien sabe qué, eso está en el registro de tal autor, la interpretación de esto no considera aquello. La mente del Doctor iba a mil por hora y era asunto de cada quien si algo tomaba de la lección o no, como todo en la vida. 

El doctor Castro me enseñó a describir metódicamente. Siempre decía que su formación en medicina le habían enseñado a describir de forma clínica: de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, luego detalles, luego conecciones, luego interpretaciones. Al ver después sus textos uno puede comprobar que efectivamente así están ordenadas sus ideas para una buena parte de sus trabajos. 

Pero fue en las largas charlas que se armaban después de la jornada en el archivo, en el café Aguirre, donde aprendí sobre la ciudad, tanto de lo histórico como de lo atrabancadamente moderno, de lo cual el Doctor advertía un final del que nos arrepentiríamos. Sus anécdotas abarcaban desde lo minuciosamente académico hasta los polvos y lombrices que había sacado de algún cuarto perdido para descubrir archivos.  

Quizás fue porque, cuando yo lo conocí, el Doctor ya había atravesado la etapa de su vida en que llevaba cargos públicos importantes que consumían su tiempo. 

Recordamos que en su trayectoria como servidor público, el Dr. Castro Morales ha ocupado diversos cargos, entre ellos, Director del Instituto Poblano de Antropología e Historia y del Centro Regional Puebla-Tlaxcala, así como Director de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), así como Secretario de Cultura del estado de Puebla. 

Pero cuando él y yo coincidimos se dedicaba, y así lo decía, a lo que más le gustaba que era investigar y escribir. 

Su percepción sobre la ciudad y lo valioso de su historia, sus monumentos, museos  y edificios es una lección que he llevado conmigo siempre, la cual hace eco en lo que yo hago. Verán, yo escribo sobre guerras y buena parte de lo que las guerras destruyen, rompen, aniquilan. Y luego… lo que dejan. Las guerras dejan testimonios y esos testimonios algún día, harán la historia. Pero no se requieren guerras para destruir los testimonios de nuestra memoria, también la ignorancia y la desidia destruyen.

Bien ha dicho el Doctor Castro en entrevistas que somos nosotros mismos los que debemos escribir nuestra historia, nosotros ser cronistas de nuestro acontecer y él lo ha sido de manera brillante y crítica durante largo tiempo para nuestra ciudad de Puebla y en nuestro país, de lo cual debemos ser agradecidos. Cito al Doctor en una entrevista reciente “No podemos estar dependiendo de que llegue un gobernante culto o inculto para pedir o promover la difusión de la cultura e historia de nuestra propia ciudad. Eso requiere una población que participe en su propia cultura, en la defensa de su propio patrimonio.”

Desde mis años de chícharo, el mundo se ha transformado y a su vez Puebla es un lugar muy diferente. No sólo vivimos en una era de información ilimitada y al alcance de casi todos, también vivimos en una etapa de profunda ignorancia o priorización errada en cuanto a patrimonio histórico se refiere. Sobre eso el Doctor Castro ha usado casi cada una de sus oportunidades para hablar públicamente de la necesidad de la difusión de la cultura e historia local a nuestra propia gente poblana, desde los que son de aquí hasta aquellos que llegan de otros lugares para formar parte de nuestra Ciudad. 

Por ello es crucial recalcar en estas oportunidades, en esta mesa,  la responsabilidad que tenemos quienes nos dedicamos a plasmar en blanco y negro lo que ha acontecido, ayer y hoy en nuestra ciudad y en el mundo.

El ser testigo de lo histórico y preservar lo histórico sigue siendo un reto frente al cual, el trabajo y la presencia de personajes como el Doctor Castro exigen que se siga considerando la difusión de la historia una prioridad. Por ello cuestionar la necesidad de modernizar u homogeneizar las ciudades para poder lanzarlas a la humareda que deja la carrera por vender nuestra identidad es crucial. Y en ese sentido, la labor del Doctor Castro para los poblanos es invaluable.

No tenemos el lujo de ser incultos y no conocer el lugar a donde pertenecemos cuando, en esta Ciudad, nuestra historia nos toca la puerta en cada esquina. Si bien los cambios culturales son inevitables y bienvenidos, la difusión de nuestra historia permite que, quien atraviesa esos cambios, lo haga a sabiendas de que hay un espacio suyo, un referente que conoce y donde las cosas que hace tienen sentido y valor. 

Esa responsabilidad cae ahora en nosotros, y es en buena medida bajo el ejemplo del Doctor Castro que podemos documentar nuestro acontecer y ofrecerlo de manera accesible a los ojos del futuro para continuar la historia de quienes fuimos y somos. 

Link Original: https://clitemnistra.wordpress.com

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